La novela de Diomedes Díaz un culebrón

 

 

Jacobo Solano 
Fuente: Kienyke.com

La novela de Diomedes Díaz, que causó gran expectativa en su lanzamiento, ha ido decayendo, tanto en la historia como en la producción. No se trata de hacer una novela calcada de la realidad, porque los libretistas deben hacer su trabajo para lograr una historia ágil que atrape al televidente, pero se ha quedado estancada; pasan las semanas y la novela sigue sin mostrar giros que no sean la pobreza y una lenta historia de amor.

En cuanto a los actores, lo de Juan Bautista Escalona fue extraordinario como logró apoderase del personaje para cautivar a los televidentes; mientras Orlando Liñán, no ha logrado dar el punto y ni su contextura, ni su cabello, le ayudan, RCN debió ensayar con uno de los tantos hijos del Cacique.

Lo de José Olarte (Jorge Oñate), interpretado por Pillao Rodríguez, es patético, de comedia barata, una nariz postiza y un tipo haciendo tantas muecas que parece un gato envenenado, y de ñapa interpretando temas, como 039, que El Jilguero, nunca cantó ¿Qué les costaba asesorarse con un investigador de música vallenata para la musicalización? Los doblajes de Diomedito, una pesadilla y ni hablar de la interpretación de Beto Jamaica, intentando, sin éxito, imitar a Colacho y a Juancho Rois; esos doblajes hubiesen sido un éxito en manos de Wilder Mendoza y Franco Arguelles; todo por no pagar los derechos a Sony Music; el paso de Diomedes niño a adolescente se lo saltaron; el ojo accidentado, no lograron recrearlo ni con maquillaje; en las transiciones entre escenas, siempre repiten al mismo acordeonero sentado en una banca, tocando la misma canción y ni que decir de la animación del golero.


El lenguaje de algunos actores no es para nada auténtico: Martín Maestre, un cachaco hablando costeño; Rafael María, parece más un campesino cordobés; el padre y el hermano de Lucia no han podido quitarse el acento barranquillero. Hasta cuándo entenderán los directores cachacos que en la costa hay varias entonaciones, nosotros (Sur de La Guajira y Cesar) hablamos cantaíto, muy diferente a los de la Sabana, que hablan golpeao; a los barranquilleros y a los cartageneros.

Todo esto es consecuencia de hacer una novela a la carrera, para aprovechar la efervescencia de la muerte de El Cacique y tomar un poco aire, en medio de la paliza que le ha dado Caracol. Al fin y al cabo, Diomedes, con todos sus éxitos y escándalos, genera rating y por eso piensan en alargarla a la brava. Pero debieron hacer algo más elaborado, han dejado muy mal parado el folclor.

Para rescatar: la actuación de Adriana Ricardo, garantía de calidad; el personaje de Álvaro Araujo, muy ajustado a nuestra realidad; las locaciones muy bien escogidas, los patios, pueblos, carreteras, ríos, excepto las escenas de los indígenas Arhuacos en la Sierra; por supuesto, nuestros actores naturales que han demostrado que en la región hay mucho talento; la aparición de los juglares Tijito, Rosendo, Marciano, Oscar Negrete, Wilder Mendoza, le aportan mucho valor a la producción, por eso no es justo que se les pague 1 millón de pesos por capítulo. Y pensar que un comercial puede llegar a costar $45’492.000, pues el costo por punto de rating está en $2’676.000 por un tiempo de exposición de 30 segundos. El negociazo del siglo, incluso teniendo que trasladar la producción hasta la costa. Es innegable que la novela incentiva el turismo y da a conocer, aún más, el vallenato, pero a mi juicio, se pudo lograr algo mejor.

«Se las dejo ahí»

 

 

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